Tristeza. Ningún otro sentimiento puede albergar mi alma cuando medita en torno a lo que viene sucediendo. Da pena constatar lo que podemos llegar a ser cuando la soberbia nos domina. Y es que esta es la mayor tentación: “seréis como dioses”, dijo la serpiente a nuestros primeros padres y ellos comieron el fruto del árbol prohibido.
Esta historia se repite una y otra vez. El que tiene el poder, no se avasalla jamás, ante nadie ni nada, porque la riqueza y el poder lo ciegan, al punto de sentirse como dios... Solo la muerte inexorable viene a recordarle, como a todos, que es de barro. Que quizás debió tener algunos reparos, que quizás debió haber escuchado un poco más, pero lamentablemente en ese momento de fragilidad final, ya es demasiado tarde para enmendar los errores de una vida.
Sucede con las personas como con el planeta, le hemos exigido mucho más de lo que puede dar, sin consideración ni medida. Por eso ahora se encuentra a punto de colapsar. ¿Qué diremos si ello llegara a ocurrir? ¿Nos llenaremos de sorpresa? ¿Cómo? ¡Pero si ya estábamos advertidos…! ¿Negaremos la evidencia? ¿Culparemos a los aborígenes de los pueblos atrasados, por no haber sabido cuidar el agua, los animales y las selvas? ¿Perseguiremos y condenaremos por subversivos a los que defiendan a los nativos? ¿Taparnos los ojos y esconder la verdad resolverá algún problema? ¿Por qué no mejor recapacitar humildemente y tratar de buscar todos juntos una solución?
Meditemos un momento, mientras oímos lo que nos dice Roberto Carlos…
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