Lunes, 21 May 2012
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A modo de despedida: 12 años no pasan así nomás. Imprimir E-mail
Escrito por M. Damiani   
Sábado, 25 de Diciembre de 2010 23:10

Entre los mejores Whiskys están los de 12 años, es que este es el tiempo suficiente para que maduren y adquieran el sabor que aprecian los conocedores. 13 años dura la educación escolar…un período muy especial en nuestras vidas, que sin duda deja huellas profundas. No puedo negar que los 12 años que duró mi paso por el Prescott dejó grandes surcos en mi vida, no solo por la cantidad de años, sino por toda la gente que conocí y lo que aprendí.

Fue un cambio muy grande en mi vida, que se lo debo a Dios. El quiso que viviera esta experiencia extraordinaria. Será tal vez por algo que un día tendré muy claro. Mentiría si dijera que no siento nostalgia por los días que transcurrí allí. Fue realmente un privilegio mantener día a día contacto con niños y jóvenes, por los que siempre sentí un profundo respeto. Tuve ocasión de desarrollar muchos proyectos, algunos de los cuales lamentablemente quedaron truncos, pero no me apeno por ninguna de las noches que pasé en vela trabajando para preparar las clases o corrigiendo o simplemente planificando…

Confieso que nunca me sentí listo para entrar a una clase. Nunca. Era como si cada día, en cada ocasión tuviera que aproximarme a la más delicada flor, como si durante 45 minutos me encargaran hacerme cargo de costosísimas filigranas del cristal más delicado y vistoso…

¡Qué difícil cumplir la misión encomendada! ¡Cómo sentirse suficiente! Debía orar al entrar a cada clase, pidiendo al Espíritu Santo que me guiara para llevar a cada quien lo que necesitaba. Menos mal, puedo decir ahora con certeza, que Él nunca me defraudó. Puede que pocas veces haya logrado impactar a alguno de mis alumnos como hubiera querido, pero los respetaba profundamente, tratando de amarlos y establecer una comunicación especial, personal con cada uno, inspirada en mi Gran Maestro, Jesús. Eso fue lo que me permitió entrar a clases y afrontar toda las actividades encomendadas, pese a mis grandes limitaciones.

Sé que muchas veces no fui el gran profesor que esperaban, que seguramente muchas veces los decepcioné. Pero créanme que me esforcé y traté siempre de hacerlo bien, de hacerlo mejor. Ahora que estoy fuera, que ya no los puedo ver y quizás nunca más los vuelva a ver en una clase, quiero pedirles perdón por las veces que les fallé, que no estuve a la altura de sus expectativas, que no supe darles lo que buscaban. ¿Quién sabe cuál hubiera sido la historia si hubiera tenido unos 20 años menos…? Y es que, aun cuando no lo haya hecho tan bien como ustedes hubieran querido, haber compartido esas horas con ustedes, esos días, esos años, fue lo mejor que me pudo suceder; como dije al comienzo, fue un verdadero privilegio, algo que no me propuse, que jamás soñé, pero que el Señor deparó para mí y para ustedes ¿Por qué? ¿Para qué? Es algo que un día sabremos…Todo lo que puedo decir ahora es que llenó mi espíritu y me hizo crecer como persona.

Gracias a todos y cada uno de ustedes. Gracias a Dios.

He hablado antes de Jesús y es verdad, ese fue, es y será siempre mi Gran Maestro, el modelo aquél al que quisiera aproximarme. Pero debo confesarles que tuve otros modelos en mi mente y en mi corazón, cuando estuve con ustedes. Fueron mis maestros del Colegio San José, por cuyas aulas pasé en los años sesenta (del siglo pasado). Todos eran “maestrillos” jesuitas y la mayoría norteamericanos. De ellos aprendí el respeto por la libertad y la dignidad…Sin este ejemplo vivido, hubiera sido difícil tener algo que ofrecerles. Por ello no puedo dejar de recordarlos con gratitud.

Finalmente, comparto con ustedes algunas escenas de una película de fines de los sesenta, que muestra el prototipo del maestro que siempre hubiera querido ser para cada uno de ustedes, alguien que inspirara y les ayudara a encontrar el camino, pero como dice el guión: “todos tenemos que seguir adelante. Estoy feliz por haberlos conocido. Gracias. El mundo nos espera.”

Hasta cualquier momento.

 

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